El Burning Man no me ha cambiado la vida

Aviso a navegantes: este post es totalmente egocéntrico y puede que por momentos un poco intensito. Ya os conté hace unos días mi paso por San Francisco camino al Burning Man. Al final, apenas pude ver Lombard Street, subir unas cuantas cuestas y comer en un chino fabuloso y riquísimo. Así que SanFran, tenemos algo pendiente.

Antes de conocer el Burning Man tenía en mi cabeza una imagen del tipo bacanal de El Bosco actualizada con drogas, sexo y alcohol. Pensaba que sobrevivir una semana en el desierto llena de polvo, entre el sol y las tormentas de arena era una hazaña digna del último superviviente. Estaba totalmente equivocada. El Burning Man es lo que tú quieras que sea y no sobrevives: vives.

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Durante una semana te mudas a una ciudad totalmente nueva, distinta a cualquier otra ciudad, pero con mucho en común. Sigues teniendo plazas, calles y vehículos, pero la mayoría son de dos ruedas y están llenos de imaginación y luces, muchas luces. Los vehículos más grandes, los mutantes, son una oda a la creatividad, donde no hay límites. No sabes lo que es subirte a un coche, hasta que te tiras por un tobogán dentro de una oveja.

En esta ciudad hay dos leyes universales que reinan sobre todo lo demás: la libertad y el respeto. Puedes ser quién seas, hacer lo que quieras, nadie te va a juzgar. Así que vuelves a ser un niño, sin miedo, sin vergüenza, llenándote de abrazos y cubriéndote de polvo a cada paso. Sintiéndote una habitante feliz que no puede tener los ojos más abiertos.

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Hay tantos Burning Man como personas lo visitan. Puedes vivirlo de día, de noche, o ambos si el cuerpo te lo permite. Madrugar para ver el amanecer o esperarlo bailando. Repetir la operación con el atardecer. Pero, aunque cada cual debe encontrar la suya, hay una clave universal para disfrutar de esta ciudad: estar abierto a lo que te puede dar. Abrir las puertas y esperar a ver qué pasa. Es el momento de reconciliarse con la humanidad y hasta un poco con uno mismo. Mirarse hacia dentro y ver que todo está en orden. Y si no lo está, saber por donde empezar a ordenarlo.

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Pero esta ciudad es efímera. Se acaba. Y esto es uno de los grandes aprendizajes del Burning Man. Ser capaces de disfrutar del viaje y aceptar que siempre hay un final. El Burning Man no me ha cambiado la vida, pero sí la forma de mirarla.

Feliz jueves and happy burn!

Publicado en: Planes bonitistas
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Un Comentario

  1. Escrito el 8 septiembre, 2016 a las 9:59 | Enlace permanente

    ¡Qué bonito Auxi! Muy de acuerdo 🙂

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